Nuestra filosofía es trabajar con poca intervención y por eso no realizamos una filtración antes de embotellarlos.

Esa turbidez son borras finas, llamadas lías, compuestas por microorganismos (principalmente levaduras). Después de la fermentación alcohólica, las levaduras se degradan y liberan enzimas: este fenómeno se llama autolisis. Durante este proceso se liberan también: compuestos nitrogenados, polisacáridos (manoproteínas) y compuestos volátiles que forman parte de los aromas terciarios, esteres, terpenos, lo que nos aporta una complejidad floral en nariz. Igualmente, las manoproteínas ayudan a ganar volumen en boca.

Otra ventaja de los vinos sin filtrar es que esta turbidez tiene gran afinidad con el oxígeno, por lo que capta las moléculas de oxígeno, evitando la oxidación del vino y así conservamos aromas. Además, este principio de los vinos turbios nos permite trabajar sin azufre (el aditivo más usado para evitar oxidaciones).